jueves, 17 de diciembre de 2015

Carta número XII





El inmóvil,
el que no se mueve,
el de la ficha detenida,
el que teniendo que decir calla,
el que dice pero no hace,
la voz entrecortada,
el amanecer polar que al regazo vuelve.
Otoño en Primavera,
cristal congelado,
sacrificio auroral,
el de la casilla sin límites,
el magma que no alumbra cristal,
gélido océano de fuego gélido,
agua embalsada en la noche cerrada,
figura de cera derretida tendida en el cálido lecho marino...
Ser dicho,
dejar de ser.
Oficio de tinieblas,
drama de penumbras,
perro herido,
marioneta…
 
El quicio es el perro.
Un perro herido, tendido e inmóvil, en la autovía;
los autos pasan a su lado y sus ojos desgranan un brillo especial,
la sangre de sus fauces no le arrebata ese brillo
y el can, tras el atropello, solo espera el fin de la historia…
 
En el coche de la infancia
todos prestan atención al accidente.
Alguien le pide al niño que no mire.
 
Un despertar áspero sobre la tarima de madera
yaciendo como muerto tras el golpe
El hilo vivo de la conciencia…
El cuerpo indefenso, vulnerable;
ni siquiera acierta a la defensa.
Ahí queda inmóvil
y la conciencia viva le ve
 
Inmóvil y colgado,
balanceándose…
colgado de la rama de la encina
en mitad del bosque,
entre aromas a tierra mojada,
sintiendo una fresca brisa.

La palabra nos dice.
La carta es la palabra de fuego
que introduce en el incierto atanor,
en el vientre de la tierra,
a oscuras.
Dichos somos, personajes de un drama de misterio.
 

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