viernes, 30 de enero de 2015

Lobo negro



Lobo negro,
de firme y grueso pelaje.
En las tierras negras por las que marchas
como un fulgor esquivo apareces
para perderte entre sombras y penumbras.
Y tu cuerpo brillante ni despunta
entre esos paisajes de azabache.

Sobre ti el cielo es de un azul plomizo,
casi negro diría yo.
Cielos negros, tierras negras, piedras negras…
¿En qué enigmático mundo me hallo?.
Las formas casi ni aparecen en la umbría de este desierto opaco
 
Lobo negro,
merodeas por la cima de un volcán
mientras ríos de lava se deslizan por la ladera.
Brincas crispado en esa tierra ardiente
al compás del fuego de la tierra.
 
Y tú, entre visiones y palabras,
ahí te ves,
de repente,
con estampa de lobo y en lo alto del volcán
como esos soñadores despistados que despiertan vivos en la escena,
siendo ese lobo,
entre ríos de un magma primigenio
que calienta, rompe e ilumina la monótona negrura.

Tu cuerpo arde en ese mismo fuego
y con tus manos lo sientes en tu boca,
en tu garganta,
en tu pecho,
en tu piel.
Un fuego que es humor hirviente,
que se desliza desde la comisura de tus labios,
magma y sangre de la tierra.
Piedra líquida.
Recuerda tu boca crujiendo y alargándose
mutando en fauce y quijada de lobo.
Recuerda tu garganta henchida con la sangre de la vida.

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