miércoles, 5 de noviembre de 2014

Contracción

 
 
En el dolor y en la pérdida del ánimo,
en la pendiente de la extinción,
entre las aguas bajas,
donde no cabe ya aferrar nada.
Allí es la Nada quien parece mostrarnos su rostro.
Nada activa. Nada poderosa.
Al compás de su avance sentidos y comprensiones
se desdibujan como estelas en el agua.
Barcos espectrales de los que nada queda,
ni siquiera su trazo marino.
El rostro de la Nada,
rostro blanco de calavera,
blanco de extinción,
blanco que compendia y acoge todo color,
toda forma.
La blanca calavera polar...
Algo sin forma ni objeto se nos impone y perturba.
No hay contrario aparente.
La Nada.
 
Su operar se enmascara en la turbulencia y la confusión.
En tal estancia sólo cabe asumir un perturbador tránsito de desasimiento.
Las geometrías humanas se desvanecen como humo.
El frio polar encuentra su propio giro en un calor desconocido.
Nada devoradora. Frío enérgico y abrasador.

Dolor.
El alma se duele en el duelo de la nada.
Ahí todo es contracción.
La vitalidad cede, la enfermedad emerge.
Las nuevas que pudieran ser y las viejas que acaso nunca se fueron del todo.
Maliciosas llaman a la puerta alborotando a quien habita su debilidad.
Viejas cuentas, viejos fantasmas, viejas dependencias...
Las heridas de una vida emergiendo en el desánimo.
Hasta las cicatrices parecieran enrojecer.

No se desanimen.
No es más que la red de la propia sombra demandando nuestra atención cálida.
Tras su penumbra es la Nada quien se nos brinda.
Esto es lo verdaderamente decisivo.
La Nada es quien emerge confundiéndonos,
agarrotando el cuerpo,
embotando el alma…
El sentido pierde presencia, se apaga.
La Tiniebla crece.
La Tiniebla nos habita, sanguíneamente.
Y el ánimo pareciera perderse en la tiniebla.
Y con el la fuerza vital,
la capacidad de experiencia.
El alma se escapa por la boca nos decía Homero…
La vitalidad pierde su capacidad de palabra, de sentido,
de abrir sus muy diversas potencias.
Todo cae.
Cae lo innecesario y grosero
pero también lo entendido como indispensable y luminoso.
La confusión y el desasosiego crecen.
Las figuras y geometrías se derrumban una a una.
La voluntad y su actividad corriente
poco tienen que decir en tal escenario.
Con la voluntad no basta cuando la luz cegadora irrumpe.
Todo se reduce a un determinado nivel de turbulencia confusa.
Cada cual tiene su medida.
El desasosiego termina por subir a un nivel insoportable.
Hay algo muy relevante en juego.
Nos sentimos instalados en el límite,
en ese límite en que las aguas se hacen una,
allí donde caen memorias, máscaras, rostros y nombres.
Estamos en manos de los dioses,
de esa vida indestructible.
Esa misma a la que los griegos llamaron Dionisos.
En su inocente juego todo encuentra su grieta decisiva,
su crisis, su finitud declarada.

Nada somos sino barro que se moldea y deshace.
Fuego eterno que se enciende y apaga según medida.
La vida deshaciéndose, rehaciéndose, muriendo, retornando…

No se consuelen.

En la contracción y el ascenso de las aguas se va perdiendo el propio rastro
y el emerger de la Nada se percibe como un finiquito intolerable y terrible.
Es como un deshacerse del relato que nos hizo,
de las hebras que nos tejieron,
una inmersión en el olvido y la desmemoria.

Nuestros hilachos ya ondean al viento.
Algunos de ellos se desprenden y alejan con violencia.
Se desprenden para encontrar su residencia
en la potencia infinita de la Vida.
No son más que instrumentos de su propio hacer.
Viéndolos volar, ya en la distancia,
parecieran no haber sido ni siquiera nuestros.

Fue San Juan de la Cruz quien nos habló de su fe oscura,
fe nocturna como tránsito de desasimiento en la Tiniebla,
como anhelo amoroso capaz de habitar la noche del sentido.
A nada cabe agarrarse en esa inmersión de Tiniebla.
Solo cabe la quietud despierta del alma en la oscuridad cerrada...
En esa alma discreta y amante hay quien enigmáticamente escribe con su pluma.
Su trazo encuentra un espacio vacío,
una tensión enamorada en la Tiniebla,
una piedra cálida de vida que todo acoge y casi nada es.
Mercurio, piedra líquida, parto de mujer.

En la crisis que emerge,
en la enfermedad declarada,
en la noche oscura del sentido...

Nada escribe.

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