viernes, 24 de octubre de 2014

Canto al fuego(en el atanor de la anciana)




El fuego prospera y se consume al elevarse,
esbozando pasos de danza,
asemejándose al agua.
El fuego, dúctil y ligero, como el agua,
hermanado en su contrario,
irrumpiendo y entreverándose en todo
para desaparecer en su ascensión y su danza.
Fuego que devoras, que transformas con pasión,
con facilidad y ligereza de danzarín, con mordisco fiero.
Tuyo es el calor y la vida que se expresa.
Tuya es la sangre, ese agua caliente que bulle
y permite el tránsito complejo de la salud.
Fuego de vida que quema, mata y muta
proclamando la posibilidad de elevación
y la fecundidad de la tierra en el residuo de lo viejo.
Tal es el rostro del fuego,
la expresión de la vida en tránsito y movimiento,
ese instante esquivo que alumbra y se eleva siendo danza
para finalmente desaparecer en arabesco.
El fuego como gozne, como intersticio entre estados.
Cálido aliento de vida. Motor.
Sin fuego y calor el agua se detiene.
La tierra oscurece en sus formas, deviene opaca.
 
El exceso de fuego acelera y consume.
Su frenética danza extingue y descompone formas y geometrías.
En la danza del fuego sin medida la piedra se reseca y la tierra se oscurece.
Olvida su humedad, su capacidad de forma...
Y así el fuego encuentra su medida en su contrario.
La vida no es más que un atanor de fuego
en el que todo, empapado en el agua, va encontrando su medida.
Una tierra cálida y dúctil de la que brotan formas y figuras.
En tanto enlace, el fuego se muestra como eros,
como un eros ardiente en el que todo se transforma y muta.
Y el cosmos no es más que fuego,
un enlace apasionado,
un tejido que danza y despliega sus figuras,
un armónico ir y venir de lenguas de fuego que, como nos dijera Heráclito,
se encienden y apagan según medida…
 
En el fuego residen catarsis y metamorfosis.
En su evanescente danza encuentran su gozne, su aduana, su posibilidad.
En esa danza cambian rostros y estados…
Y nada vuelve a ser como antes.
Sin fuego no hay vida, ni movimiento alguno.
Sin fuego y calor el agua encuentra su rigidez helada…
Bien sabe el agua cómo en el fuego reside la salud…
Fuego, vida, agua caliente y bullente, sangre.
Por ser vida el fuego es salud y carne y risa y fiesta y alegría.
Su danzar nos desborda como la vida misma,
su danzar es caótico e imprevisible.
Pareciera que careciera de geometría.
Sin embargo, su enorme ligereza lo eleva y lo desprende de la pesadez.
Y las lenguas de fuego danzan de la mano
de bailarines que vuelan vivos y ligeros,
ebrios de vida, al modo de los pájaros.
 
Un fuego olvidado en el alma.
Así es la vida plomiza y detenida en la ceniza,
en el olvido del fuego.
Sin su calor la tierra-piedra se nubla en la infertilidad y el hastío,
resquebrajada y rígida.
Sin fuego no brota ni arraiga la riqueza de sus figuras.
Sin fuego y calor no circulan las aguas.

El alma quiere saber del fuego,
en él encuentra su vida, su pasión, su vigor
y, finalmente, su equilibrio y sus frutos: Coincidentia oppositorum


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Atanor: En concreto el horno donde acontece el proceso alquímico de transmutación de la materia.
Piedra y Tierra: La piedra en los mitos y en la simbología nativoamericana asimila su sentido simbólico al de la materia ontológico general del helenismo. La materia indeferenciada dispuesta a tomar forma de la mano de la influencia del espíritu en tanto instancia de creatividad. Según el rito del temazcal la piedra, recibiendo el calor, alumbra la vida de la mano del agua. El elemento Tierra y cualquier referencia a la Madre Tierra encontrará por tanto un fuerte vínculo con la visión ya apuntada de la piedra. Las ancianitas piedras en tanto tierra-materia originaria capaces de acoger y generar toda forma.

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