jueves, 18 de septiembre de 2014

Entre encinas

 


Al volante de un coche anónimo me dirijo a un bosque de arboles vivos.
(o eso creo, o a eso aspiro)
En ruta salgo de la ciudad.

Sólo me interesa la emboscadura.
 
Al volante irrumpe un entramado cotidiano,
un entramado que íntimamente sabe acosar.
Es el reino de las identidades perdidas,
de los hombres y las mujeres sin rostro,
de ese deseo atropellado que sabe atropellar…
 
Quiero emboscarme y entre encinas volver a comulgar con la vida
Una y Plena.
Ingerir la ayahuasca.
Esperar su cópula salvaje de selva,
ese devenir planta que sabe dejar de lado tanta hojarasca,
esa memoria de cierta metamorfosis del alma en la que siendo dejamos de ser.
 
Nada de eso ocurre.
 
En otras tierras fueron vivos trazos amarillos y rosados,
trazos de metamorfosis que abrían a la vida pájaros de fuego
y alumbraban figuras de vida poderosa.
Ahora los trazos son de un apagado verde y azul.
Ejecutan una danza discreta;
una danza acuática y ondulante de la que no brotan formas.
La danza es Océano.
Toda ella; sin forma, relieve ni fisura alguna.
Sólo hay Océano.
 
Veo y siento un cuerpo doliente y lánguido
yace tumbado en el  lecho de un río de cera.
El fluir de la cera líquida va desdibujando y desgastando cuerpo y rostro.
El cuerpo también es de cera.
La forma pierde sus relieves y, poco a poco,
se disuelve y libera en el torrente.
Solo hay río y agua.
 
Una presa de agua impenetrable sestea en una noche de esperas y silencio.
Eros, ese genio,
dormido se oculta en su oceánica penumbra sin forma.
Simplemente yace en su propio olvido,
ajeno a devenires, figuras y geometrías.
Sólo queda el agua dormida y ese vasto Océano de Misterio...

Mientras tanto viejos amigos ante la hoguera cantan ditirambos.
La vida queda abierta y un cuerpo vivo emerge.
Eros.

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