viernes, 18 de julio de 2014

Prolegómeno a La Mina

 
 
 

De niño recuerdo los ocres y los verdes oscuros castellanos
el olor a romero y los conejos que al paso me salían por los campos.
Sucedía los Veranos y algunos fines de semana.
Iba al pueblo de mi padre.
Me daban un rifle de balines
y, solo, me soltaban a andar por los caminos y los montes limítrofes.
Debía tener alrededor de 10 años

En mis correrías la fantasía se desataba
y me adentraba en las ruinas del castillo o iba a las conejeras de los alrededores.
Por fortuna era bastante malo con la escopeta. No era un buen tirador.
Recuerdo lo más tremendo:
Subir al castillo en ruinas de lo alto del monte.
Era un lugar bastante alejado y solitario
rodeado de una naturaleza áspera de tomillo y légamo.
En lo alto del castillo se abrían las puertas del gran viaje.
Las ruinas dejaban paso al otro lado de la montaña,
la cara oculta;
esas solitarias praderas que quedaban del otro lado del pueblo y de los hombres.
Mi imaginación ahí se sentía en otro mundo o acaso lo estuviera.
Ningún rastro de presencia humana.
Sólo el latido vivo de la tierra, la roca dura y las verdes laderas;
y yo ahí con mi escopeta como un grumete despistado;
despistado pero extasiado y ebrio en ese otro lado.

Un buen día encontré una caverna labrada en la roca
No era como esas otras bodegas excavadas en la tierra.
Esta parecía tallada con cuidado y esmero
aunque con ese carácter salvaje que conjuraba el otro lado.
Dos corredores se bifurcaban justo en la entrada
Y ahí me quedé mirando largos minutos.
Algo me llamaba a entrar pero atisbaba peligro...
Esta era una cueva muy extraña.
Las dos galerías se abrían en direcciones opuestas y sugerían tomar o una u otra.
Del acierto en la decisión parecía depender algo importante.
Errar no parecía albergar buenas expectativas.
Estuve un buen rato parado cavilando;
inclinado a entrar pero consciente de que acaso no fuera el momento.
Finalmente volví a las ruinas del castillo,
crucé del otro lado
y volví al mundo real.

Los días sucesivos dediqué mi tiempo a meditar sobre esa extraña cueva
con sus no menos extraños pasadizos.
Pensé que parecía no ser algo real así que volví en su busca.
Volví a subir al castillo, como siempre acompañado de mi rifle,
y volví a cruzar del otro lado.
Ahí todo era terrible , fascinante y salvaje.
De tanta vida que había la ebriedad se apoderaba de mí;
me sobrecogía y me elevaba de entre los verdes prados.
Busqué la cueva y sus dos senderos pero ya no los encontré.
Más tarde incluso llegue a preguntar a los adultos por extrañas cuevas en los montes.
(¡qué idea!)
Nadie sabía nada.
La cueva efectivamente no existía
Pero, sin embargo, estaba ahí,
abriendo los vientres de la tierra.
Y ahí sigue;
albergando su prueba, su secreto y su tesoro

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