jueves, 12 de junio de 2014

Los enanos

Ahí están, de corta estatura en sus pequeñas casas brillantes,
parecen como esos habitantes imaginarios de las casas de muñecas.
Regordetes y de escasa talla en su mundo todo reluce.
A eso dedican sus trajines; sus trabajos y sus días.
Todo parece limpio y recogido en sus casas.
Ten seguro que harían cualquier cosa por mantener su pequeño imperio y sus mofletes sonrosados.
Repudian lo que no quieren ver y sacaran su machete para que nada ni nadie les perturbe.
Verlos salpicados y manchados será fácil.
Toda casa acoge su trastienda de sombra.
Si eso sucediera les verás borrachos de un odio y de un temor ancestral.
Moviendo el machete; de abajo a arriba.
En su quimera huyen del dolor, del miedo, de la incertidumbre, de la sombra.
Si algo temen es esa trastienda cerrada en la que sea amontonan las viejas cuentas.
Estos personajes temerosos son legión y multitud.
Arrugan corazones
Arbitrarios, esculpen sus miedos en quien pueden;
también en quien se deja.
Fugitivos de su pavor nos son muy cercanos; casi íntimos.

 
Los puedes divisar bien agarrados a su solaz,
metidos en su pequeña habitación reluciente.
Su visión conmueve y apenas nos desliza hacia la melancolía.
Con todo, estas presencias regordetas tienen algo de comedia; incluso de divina comedia.
Al verles más de cerca siento ese amor que siempre estuvo ahí antes de toda historia.
Siento el corazón verdear y florecer en placer; y también un frescor de lluvia dulce que limpia arrugas y pliegues de carne vieja.
Antes de todo tiempo es el amor; el amor de ser, de ser en todo.
Y el tiempo echa a andar y se escucha a las espaldas un golpe seco que estremece.
Ese golpe inaugural que tiene rostro de serpiente.
Hay quien solo lo escucha y hay quien lo siente como golpe en la nuca.
Tras el estruendo algo se cierra a la altura del vientre y el temor comienza su danza sombría.
Ya estamos instalados en la vida y la nave va
Desde entonces eros y neikos, el amor y el temeroso odio, se disputan el escenario.
Más allá la Unidad; más allá y más acá del tiempo.
La unidad; un amor forjado en temple, una piedra líquida.
Eros y neikos… Ya lo dijera Empédocles hace más de dos mil años.

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