sábado, 7 de junio de 2014

Elementos

La noche fue fría, una de esas noches frías y agrestes del Verano en la que los elementos nos sorprenden con poco equipaje. Aire, tierra, agua, fuego..

Los elementos se presentaron desasidos y sueltos. Con esa vida que les imprime un movimiento a veces lento y pausado; a veces centelleante. Expansión y contracción; también quietud. Su vida, vida del cosmos, rítmicamente vida. Y los hombres parte de esa vida. Constituidos por su misma hebra.

Mientras caía la noche, y yo andaba distraído y en esas el aire se desató en viento. Y ahí me vi; desplazado y violentado; sobrecogido por esa vida que irrumpe desde más allá de nuestra piel; sin que quepa apelación alguna. Esa vida que nos descabalga para insinuarnos un pasaje en el que, por fin, se ve y se siente. Sobre nuestra misma piel.

Venía de pasar unas fiebres de Verano. Entre el calor del día y el frío de la noche el abuelo peyote sirvió de gozne, de quicio, de membrana sutil, de sagaz compañía, de engarce, de frontera traspasada, de doble que indica, de potencia que irrumpe, de presente que en su derredor congrega el tiempo...


El frío arreció en la noche y una brisa fresca que acaricia y mece, en su devenida gelidez, pasa a estremecernos. El cuerpo sentado en el suelo sin un respaldo firme, sobre la tierra, frente a un fuego que quema la piel sin llegar a calentar… Pasan las horas... El cuerpo como límite habitado, como límite que queda transcendido, como forma que habita una escena de brisa fría y tierras ocres. El cuerpo, exhausto, más allá de sí, encumbrado y agotado, feliz. El cuerpo; nuestra forma, nuestra memoria. Y así la vida irrumpe y nos muestra sus reglas. Receptividad, aire fresco, respiración pausada. Una escena, una potencia que emerge. Cuerpo, fuego, agua, viento, tierra. La vibración ritual acontece. Canto, palabra y belleza. El corazón se insinúa en su anhelo.

La noche quedó iluminada y abierta en la ceremonia del peyote

Una brizna, un recuerdo chispeante, una visión que se insinua, una figura que irrumpe, una cifra enigmática que nos interpela y sirve de espejo. Así irrumpe la vida y la vida cambia su tono: Metamorfosis. Nada ha cambiado pero ya nada es lo mismo. Ni el que mira ni lo mirado. Todo queda enlazado, arraigado en la propia capacidad de visión. La luminosa tensión del acontecer. Su inagotable presencia… Sin posibilidad alguna de alteridad o contrario. El pensamiento se metamorfosea en visión. El ruido mental cesa. Silencio. La visión alcanza más allá de sí. Nadie mira. Nada es mirado. El universo entero participa de la danza. No somos sino danza. Danza y silencio.

Del silencio un sereno mar de piedra emerge, blanquecino y anaranjado, dúctil y sutil. Este agua de vida nos revela su capacidad de forma. Nos muestra las figuras que alumbra, los perfiles de sus olas, las expresiones de su ondular. En los brazos del abuelo, de ese abuelo peyote que sabe y que muestra. La piedra líquida esta viva y se nos brinda en sus figuras. Piedra dúctil, matriz de formas, rebosando geometrías que vienen y van. El movimiento de la piedra.

De la piedra líquida emerge un rostro de dama, dulce, adolescente, todopoderoso, dotado de una timidez ya disuelta en el agua viva. Pétrea, acuática, de nariz chata y rostro agraciado, desvelada y clara; como las hadas de los cuentos de antaño. El rostro del agua y de la piedra, el rostro de la vida, el rostro que cristalizando ampara mil formas. Matriz de figuras. Madre de cristales y geometrías. María, Mnemosyne, Kali como Durga. La amada de todo amor. Medida de la vida. Mar, piedra, dama que seduciendo alumbra universos.

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