miércoles, 24 de diciembre de 2014

Jristós Sol Invictus

 
 




Dicen que el dios nace en lo más crudo del Invierno
entre nieves y nieblas
y bajo un sol limpio.
No lo imagino en un cálido portal sino entre duras rocas de granito gris,
espesos hielos y árboles pelados,
entre vientos recios y bajo un cielo inmenso.

Por eso hablan las viejas leyendas
de secretos misterios encontrados entre peñascos y escarchas,
en lo más salvaje de la naturaleza hiperbórea,
acogiendo al frágil dios del porvenir.
 
El calor y el corazón de la tierra amanecen en el frío Invierno
y la belleza gélida y auroral les rinde culto.
Y las nuevas formas brotan de su aliento de vida,
las que nunca fueron y las que encuentran un nuevo quicio.
Entre fríos y en Invierno.
Naciendo y renaciendo.
Siempre.
En Invierno.


lunes, 15 de diciembre de 2014

Agua de beber (Ulises)

 


Entre aguas cristalinas un niño bebe frescor y siente pureza.
¿Quién bebiera de ese agua?
En el fondo, bajo esas aguas,
un lecho de piedras anaranjadas, ocres, blanquecinas…
Sobre el lecho oro, pequeñas piedras de oro.
Un oro solar, brillante, fino…
 
Misterios ardientes nos brindan sus reflejos rojizos.
 
El oro.
Del vientre de la tierra alquimia milenaria.
Su susurro suave nos habla en el oído y el deseo despierta
y el corazón se encharca.
La piedra se reconoce liquida y ardiente.
El deseo divisa sus hebras más profundas.
 
Sobre el oro, vigilantes, las hormigas patrullan.
Hormigas oscuras de grandes cabezas y sólidas tenazas.
Se mueven rítmicamente.
Sus negras corazas nos devuelven reflejos de sombra.
Su brillo es impoluto.
Sus tenazas repiquetean.
Sólo nadie osaría acercarse.
Nadie visible,
nadie que ande,
nadie que hable.
Mi nombre es nadie.
Nadie fue niño antes de ser nadie.
Nadie en el agua.
 
En el silencio veo un agua cristalina,
un fogonazo que deslumbra.
Allí la Nada burbujea y el oro líquido chapotea en el vientre de la piedra.
El silencio es vida; vida y agua.
Agua de beber.
 
 
 
 
 

viernes, 21 de noviembre de 2014

Belleza irrumpiendo



Belleza.
Un dulce momento de presencia…
Un momento que todo lo arrebata
Y en tu arrebato,
con pies ligeros,
se diluye todo en su ficción.
 
Belleza, irrumpes con claridad en mi conciencia
y mi cabeza descansa deleitada en tu hombro.
Llegará el pasado con su recuerdo de furor
volverá el futuro con sus certezas fragmentadas
más en tu regazo, belleza, en tu momento,
el cosmos se detiene.
El tiempo muestra su fisura
y solo quedas Tu.
Sólo tu.
 
Atención de belleza…
Vereis a las almas rebosar de sí en la fractura del tiempo,
danzar en júbilo de eternidad…
El sol encontrará su mediodía
y la sombra será toda ella forma y figura.
 
Atención de belleza,
vía abierta al despertar de la presencia pura,
dulzura de la pura atención,
vibración del alma ardiente.
Veras el cosmos encenderse en tu alma
entre un fuego abrasador;
y ese fuego te arrebatará la vida.
 
Dice el poeta: Todo el dolor cabe en una rosa blanca.
La donación de la belleza cancela su memoria.
Escucha aprendiz de loco arrebatado.
Estas no son palabras para pusilánimes ni abandonados.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Contracción

 
 
En el dolor y en la pérdida del ánimo,
en la pendiente de la extinción,
entre las aguas bajas,
donde no cabe ya aferrar nada.
Allí es la Nada quien parece mostrarnos su rostro.
Nada activa. Nada poderosa.
Al compás de su avance sentidos y comprensiones
se desdibujan como estelas en el agua.
Barcos espectrales de los que nada queda,
ni siquiera su trazo marino.
El rostro de la Nada,
rostro blanco de calavera,
blanco de extinción,
blanco que compendia y acoge todo color,
toda forma.
La blanca calavera polar...
Algo sin forma ni objeto se nos impone y perturba.
No hay contrario aparente.
La Nada.
 
Su operar se enmascara en la turbulencia y la confusión.
En tal estancia sólo cabe asumir un perturbador tránsito de desasimiento.
Las geometrías humanas se desvanecen como humo.
El frio polar encuentra su propio giro en un calor desconocido.
Nada devoradora. Frío enérgico y abrasador.

Dolor.
El alma se duele en el duelo de la nada.
Ahí todo es contracción.
La vitalidad cede, la enfermedad emerge.
Las nuevas que pudieran ser y las viejas que acaso nunca se fueron del todo.
Maliciosas llaman a la puerta alborotando a quien habita su debilidad.
Viejas cuentas, viejos fantasmas, viejas dependencias...
Las heridas de una vida emergiendo en el desánimo.
Hasta las cicatrices parecieran enrojecer.

No se desanimen.
No es más que la red de la propia sombra demandando nuestra atención cálida.
Tras su penumbra es la Nada quien se nos brinda.
Esto es lo verdaderamente decisivo.
La Nada es quien emerge confundiéndonos,
agarrotando el cuerpo,
embotando el alma…
El sentido pierde presencia, se apaga.
La Tiniebla crece.
La Tiniebla nos habita, sanguíneamente.
Y el ánimo pareciera perderse en la tiniebla.
Y con el la fuerza vital,
la capacidad de experiencia.
El alma se escapa por la boca nos decía Homero…
La vitalidad pierde su capacidad de palabra, de sentido,
de abrir sus muy diversas potencias.
Todo cae.
Cae lo innecesario y grosero
pero también lo entendido como indispensable y luminoso.
La confusión y el desasosiego crecen.
Las figuras y geometrías se derrumban una a una.
La voluntad y su actividad corriente
poco tienen que decir en tal escenario.
Con la voluntad no basta cuando la luz cegadora irrumpe.
Todo se reduce a un determinado nivel de turbulencia confusa.
Cada cual tiene su medida.
El desasosiego termina por subir a un nivel insoportable.
Hay algo muy relevante en juego.
Nos sentimos instalados en el límite,
en ese límite en que las aguas se hacen una,
allí donde caen memorias, máscaras, rostros y nombres.
Estamos en manos de los dioses,
de esa vida indestructible.
Esa misma a la que los griegos llamaron Dionisos.
En su inocente juego todo encuentra su grieta decisiva,
su crisis, su finitud declarada.

Nada somos sino barro que se moldea y deshace.
Fuego eterno que se enciende y apaga según medida.
La vida deshaciéndose, rehaciéndose, muriendo, retornando…

No se consuelen.

En la contracción y el ascenso de las aguas se va perdiendo el propio rastro
y el emerger de la Nada se percibe como un finiquito intolerable y terrible.
Es como un deshacerse del relato que nos hizo,
de las hebras que nos tejieron,
una inmersión en el olvido y la desmemoria.

Nuestros hilachos ya ondean al viento.
Algunos de ellos se desprenden y alejan con violencia.
Se desprenden para encontrar su residencia
en la potencia infinita de la Vida.
No son más que instrumentos de su propio hacer.
Viéndolos volar, ya en la distancia,
parecieran no haber sido ni siquiera nuestros.

Fue San Juan de la Cruz quien nos habló de su fe oscura,
fe nocturna como tránsito de desasimiento en la Tiniebla,
como anhelo amoroso capaz de habitar la noche del sentido.
A nada cabe agarrarse en esa inmersión de Tiniebla.
Solo cabe la quietud despierta del alma en la oscuridad cerrada...
En esa alma discreta y amante hay quien enigmáticamente escribe con su pluma.
Su trazo encuentra un espacio vacío,
una tensión enamorada en la Tiniebla,
una piedra cálida de vida que todo acoge y casi nada es.
Mercurio, piedra líquida, parto de mujer.

En la crisis que emerge,
en la enfermedad declarada,
en la noche oscura del sentido...

Nada escribe.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Sobre la obra de Antonio Valverde

 

Este Martes que viene, 4 de Noviembre, a partir de las 7:30 se presenta la exposición del escultor y fotógrafo Antonio Valverde, en la Casa de Galicia en la Calle Casado del Alisal nº 8(Madrid). Allí estaremos.

www.antoniovalverde.es
 
 Por lo demás tengo el gusto y el honor de haber escrito un texto introductorio para el catálogo de la exposición presentando la obra de este magnífico escultor. He decidido introducir el texto en el blog por su fibra poética y, también, para dejar constancia de la convocatoria de inaguración de la exposición.
 
 
 
 

Un Misterio que nos envuelve, un origen que nos interpela, una llamada silenciosa, un más allá que nos arrebata; en la vida misma, aquí y ahora… Y el arte presentando al hombre su propia memoria; la memoria de todos, la memoria de nadie… Luces entre la penumbra y el alma anhelando sentirse hendida por la luz...

Dicen que el arte contemporáneo se instala en la muerte del autor. Acaso más que de su negación se trate de que el artista sepa devenir imperceptible para dejar el sitio a ese Misterio que nos dice. Así, precisamente, se nos presenta el autor en su lúcido autorretrato. Entiendo que toda una declaración de intenciones y anhelos. Un retrato vacío y lleno. Antonio Valverde se nos muestra como sombra sobre piedra, como arabesco evanescente en la vitalidad y la templanza de lo originario;  más allá de sí, más allá de su condición de autor, dejando su espacio al Misterio… Su retrato es sombra, piedra y luz; piedra iluminada que apunta a ese Misterio que nos dice y a ese origen que nos susurra.




Todo arte expresa una mirada; y la mirada un temple y un paisaje emocional y, también, un determinado conocer del cuerpo vivo. Por eso todo arte es básicamente visión. La visión a la que nos invita la exposición de Antonio Valverde no será otra sino esa que nos sugiere en su autorretrato. La de superficies, texturas, luces y sombras apuntando al Misterio. La vitalidad y energía de la piedra, su llamada templada y serena, su evocación de lo originario… Piedras estilizadas y verticales dejando irrumpir el origen. Piedras acuáticas y aéreas como echándose a volar, piedras acogiendo a piedras, piedras vivas que nos hablan… La piedra como madre, como matriz de formas. A su lado una serie de imágenes fotográficas en blanco y negro. En sus intensos claroscuros observamos la irrupción de la belleza que ilumina la sombra... Flores dando forma a la oscuridad, la geometría derramándose en la arrugada piel de la vida, la tierra iluminada vestida de hierba… Iluminar la sombra; o acaso mejor darla la forma que demanda y ansía… Imagen y piedra; fotografía y piedra de granito, una propuesta paradójica… Saber, no sabiendo.





Así siento el arte de Antonio Valverde, como una visión que da forma a la materia, como un golpe de luz que trata de atisbar la forma en la penumbra. Un arte que eleva y que, al tiempo, nos sitúa en el corazón del drama de la vida. Claroscuros intensos, ese granito que nos avasalla en su poder pero que, al tiempo, es capaz de formas dúctiles...
Basta con mirar y con escuchar, con dejarse tocar por las obras, dejarlas ser en nuestra carne… No se asusten ante tal demanda de cercanía. Tampoco se asusten ante esa abstracción que insinúa formas. Entiendo que lo que mueve el arte impone pero lo que emergerá será su intimidad, su propia memoria, su aventura íntima. Les recomiendo una mirada solitaria, silenciosa y detenida a esta exposición. Un mirada de corazón. Como bien sabe Antonio Valverde estamos ante una verdadera aventura. La suya, la de todos. Acaso, también, la de esas piedras y la de esas luces y sombras.



viernes, 24 de octubre de 2014

Canto al fuego(en el atanor de la anciana)




El fuego prospera y se consume al elevarse,
esbozando pasos de danza,
asemejándose al agua.
El fuego, dúctil y ligero, como el agua,
hermanado en su contrario,
irrumpiendo y entreverándose en todo
para desaparecer en su ascensión y su danza.
Fuego que devoras, que transformas con pasión,
con facilidad y ligereza de danzarín, con mordisco fiero.
Tuyo es el calor y la vida que se expresa.
Tuya es la sangre, ese agua caliente que bulle
y permite el tránsito complejo de la salud.
Fuego de vida que quema, mata y muta
proclamando la posibilidad de elevación
y la fecundidad de la tierra en el residuo de lo viejo.
Tal es el rostro del fuego,
la expresión de la vida en tránsito y movimiento,
ese instante esquivo que alumbra y se eleva siendo danza
para finalmente desaparecer en arabesco.
El fuego como gozne, como intersticio entre estados.
Cálido aliento de vida. Motor.
Sin fuego y calor el agua se detiene.
La tierra oscurece en sus formas, deviene opaca.
 
El exceso de fuego acelera y consume.
Su frenética danza extingue y descompone formas y geometrías.
En la danza del fuego sin medida la piedra se reseca y la tierra se oscurece.
Olvida su humedad, su capacidad de forma...
Y así el fuego encuentra su medida en su contrario.
La vida no es más que un atanor de fuego
en el que todo, empapado en el agua, va encontrando su medida.
Una tierra cálida y dúctil de la que brotan formas y figuras.
En tanto enlace, el fuego se muestra como eros,
como un eros ardiente en el que todo se transforma y muta.
Y el cosmos no es más que fuego,
un enlace apasionado,
un tejido que danza y despliega sus figuras,
un armónico ir y venir de lenguas de fuego que, como nos dijera Heráclito,
se encienden y apagan según medida…
 
En el fuego residen catarsis y metamorfosis.
En su evanescente danza encuentran su gozne, su aduana, su posibilidad.
En esa danza cambian rostros y estados…
Y nada vuelve a ser como antes.
Sin fuego no hay vida, ni movimiento alguno.
Sin fuego y calor el agua encuentra su rigidez helada…
Bien sabe el agua cómo en el fuego reside la salud…
Fuego, vida, agua caliente y bullente, sangre.
Por ser vida el fuego es salud y carne y risa y fiesta y alegría.
Su danzar nos desborda como la vida misma,
su danzar es caótico e imprevisible.
Pareciera que careciera de geometría.
Sin embargo, su enorme ligereza lo eleva y lo desprende de la pesadez.
Y las lenguas de fuego danzan de la mano
de bailarines que vuelan vivos y ligeros,
ebrios de vida, al modo de los pájaros.
 
Un fuego olvidado en el alma.
Así es la vida plomiza y detenida en la ceniza,
en el olvido del fuego.
Sin su calor la tierra-piedra se nubla en la infertilidad y el hastío,
resquebrajada y rígida.
Sin fuego no brota ni arraiga la riqueza de sus figuras.
Sin fuego y calor no circulan las aguas.

El alma quiere saber del fuego,
en él encuentra su vida, su pasión, su vigor
y, finalmente, su equilibrio y sus frutos: Coincidentia oppositorum


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Atanor: En concreto el horno donde acontece el proceso alquímico de transmutación de la materia.
Piedra y Tierra: La piedra en los mitos y en la simbología nativoamericana asimila su sentido simbólico al de la materia ontológico general del helenismo. La materia indeferenciada dispuesta a tomar forma de la mano de la influencia del espíritu en tanto instancia de creatividad. Según el rito del temazcal la piedra, recibiendo el calor, alumbra la vida de la mano del agua. El elemento Tierra y cualquier referencia a la Madre Tierra encontrará por tanto un fuerte vínculo con la visión ya apuntada de la piedra. Las ancianitas piedras en tanto tierra-materia originaria capaces de acoger y generar toda forma.